¡Enciende tu lámpara! (I): Salir al ENCUENTRO
02-12-2017
“Sucede con el reino de los cielos lo que con aquellas diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas fueron necias y cinco sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite, mientras que las sensatas llevaron aceite de repuesto en sus alcuzas, junto con las lámparas”.

El adviento es tiempo de renovación. Posiblemente el cansancio, la rutina y la comodidad tienden a instalarnos. Necesitamos salir, caminar y desplegar la tienda como Abraham, para vivir con novedad la llamada del Señor. Necesitamos liberarnos de toda
parálisis vocacional. Salir de la resignación y la mediocridad. Salir de la rutina y del desamor.

El Evangelio está lleno de personajes, que quieren encontrarse con el Señor. Cada cual acude a Él desde su realidad personal, desde sus circunstancias. Unos acuden desde la necesidad o el sufrimiento, como el ciego Bartimeo, otros, como Zaqueo, que quizá no esté atravesando situaciones tan duras. Tienen en común que acuden con deseos de verle, conocerle y amarlo mejor. Las jóvenes de la parábola no pertenecen a ninguno de esos grupos. Salen al encuentro del novio con la esperanza encendida, simbolizada en las lámparas que llevan. Me las imagino alegres, contentas, disfrutando ante la alegría de encontrarse con el novio. Alegría que procede de dejarse encontrar por Jesús.

El Adviento es un tiempo privilegiado para abrirnos a esa experiencia y a esa alegría. La alegría de un Dios que se acerca, un Dios cuya dinámica es estar cada vez más cerca, estar acercándose siempre. Siempre y “más” (porque siempre cabe un “más”)… Un Dios cuya característica es “estar viniendo siempre”, estar aproximándose, “aprojimándose”… hasta hacerse totalmente prójimo nuestro en Jesús de Nazaret y, después, hasta llegar a ser todo en todos (1Cor 15, 28) cuando su venida sea plena.

¿Nos hemos hecho tan mayores que ya no disfrutamos aquella alegría de nuestra juventud cuando dejándolo todo salimos al encuentro de quien salía al nuestro?

A este Dios que se acerca, hay que dejarle acercarse. Tal y como es y no como nos gustaría que fuera desde nuestros deseos infantiles. Si acogemos de verdad a este Jesús y le dejamos ser Dios-con-nosotros, si nos decidimos a adentrarnos por los vericuetos de nuestra débil existencia cogidas de su mano, si aceptamos su invitación a caminar desde abajo y en solidaridad con nuestros hermanos… entonces, podremos experimentar su salvación y abrir también espacios de salvación para otros.
Os invito a preguntaros:

¿Con qué esperanza, con qué alegría salgo yo al encuentro de este Señor, al que vamos aguardando especialmente durante este tiempo litúrgico?

¿Qué luces, qué esperanzas me alumbran?

¿Qué luces y qué noches me acompañan?

No podemos de dejar de hacernos estas preguntas porque a su encuentro vamos con todo lo que esperamos, con todo lo que vivimos.

Maria Carmen Arroyo, cmt
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